sábado, 31 de julio de 2010

Retorno

Cruzando la calle para cruzar la otra; veo a lo lejos al malabarista semi-payaso (sólo por la nariz) haciendo malabares con tres pelotas que se caían de vez en cuando. La imprudencia de la gente al cruzar en rojo produce el enojo de ciertos automovilistas que se frustran al saber cuán corto es el estúpido semáforo para doblar. El malabarista se corre a un lado para esperar el siguiente semáforo y un señor imprudente dice "el otro cruce está a la conchesumadre" mientras camina con su pequeña hija de la mano. La familia cruzó y se escucharon las risitas de las señoras que notaron la imprudencia y sin embargo cruzaron igual. Crucé y por el camino plano sentí ese olor, no lo puedo explicar pero supongo que será pasto quemado o algo con leña. Apenas olí me dio una sensación agradable y mi cerebro me dio a observar los recuerdos de las mañanas en el camping de El Tabo o también una tarde de vuelta de la playa, al mismo camping, cuando la gente se disponía a calentar el agua para la once. No quiero que se termine. Pateaba piedras de la incivilización y crucé de nuevo. Familias vienen bajando posiblemente a un paseo de centro comercial o a la visita de otro familiar. La inclinación se comienza a notar y entonces escucho el ruidos de los silbatos, los jugadores, las groserías, los gritos y las golpeadas al balón del posible entrenamiento de los miembros del club Colo-Colo que ocupan esa cancha hace un tiempo. Que lástima que vaya desapareciendo el aroma. Mientras sigo subiendo me encuentro sola en el puente, el agua turbia, escombros, basura, sauces, pero yo ahí sola. Entre más subo comienza el contraste entre barrio tranquilo y feliz versus campo y Open Door. Disminuyo el paso, cada vez más lento. Mirando de frente me di cuenta que no seguiría sola porque otra familia se acercaba. Chayacal. El perro simpático andaba por ahí, sin embargo, no me toma en cuenta. Ahora como nunca quería disfrutar de ese momento. Campanillas. Un letrero escondido tras una palmera de un Transantiago que nunca pasó. Miro para contemplar el alrededor, un par de murallas rayadas en las casas, y al frente un par de murallas caídas. El perro simpático regresa al hogar. Paso por la casa que tanto me gusta, pequeños faroles nacientes del suelo, un pequeño naranjo, un alero de madera, vasijas rústicas y un ambiente de serenidad. Reibo. Una pequeña brisa pasó y los arbustos y los árboles me saludaron suavemente, me sentí como Marianne corriendo por la pradera antes de que su pié se accidentara, es sólo que yo iba a paso lento. Al otro lado, el contraste, campo enrejado y a lo lejos un edificio azul donde se ubica el hospital psiquiátrico. A lo lejos veo mi casa pero cada vez voy a paso más lento y aún así siento que se acerca abominablemente. Sin nombre. Los días en que vengo cansada pasa lo contrario, deseo llegar por hambre por cansancio o por calor pero siento que se me aleja hacia una eternidad y entonces más apuro el paso. Los arboles ya no me saludan, están intactos, quietos, nadie los cortó y nadie los podó. Devisadero. Saco las llaves del bolso porque me acerco y termino el suave, amable y pasivo retorno. Los pequeños llegan a saludarme, les da alegría verme como también a mi me da de verlos. Mi padre duerme y mi madre juega en el vicio del ordenador. En la estufa no queda gas. (nota mental, a veces tengo serios problemas de hipérbaton)

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